Testimonio desapercibido
by Minerva Colón-Pino

(Foto/MelOPhoto, Mellissa Ostrow)
Yocasty Valdez no pensaba que tenía mucho que compartir sobre su vida. Sin embargo, el Espíritu Santo la invitó a considerar su experiencia más de cerca y pudo ver su historia desde una nueva perspectiva divina.
En nuestras iglesias solemos escuchar testimonios impactantes de liberación, milagros y sanidad. Sin duda, cada uno de ellos es motivo de alabanza y gloria para nuestro Dios todopoderoso, pero a veces nos olvidamos de que la gracia de Dios también se manifiesta en la fidelidad diaria, en Su mano que nos sostiene en medio de las pruebas y en una vida transformada. Una de esas vidas es la de Yocasty Valdez, Coordinadora de los Ministerios de la Juventud en el Cuerpo Central de Boston. Cuando fue seleccionada para compartir su testimonio en el Congreso del General 2026, se enfrentó a esa importante pregunta: «¿Qué voy a compartir? Yo no tengo un gran testimonio».
Sin embargo, Yocasty había vivido una niñez marcada por grandes dificultades. Al ser la mayor de cuatro hermanos, a ella se le dio la responsabilidad de hacerse cargo de ellos y de su mamá desde una temprana edad en medio de un entorno depresivo y amargo donde la esperanza escaseaba. No recuerda haber escuchado nunca una palabra de aliento o un buen consejo que la inspiraran a soñar con un futuro bendecido. Al contrario, los adultos a su alrededor constantemente le hablaban de un porvenir incierto, carente de amor, seguridad y cuidado.
A pesar de todo esto, con el paso de los años Yocasty pudo ver la misericordia del Señor en su vida. Ninguna de esas palabras dañinas logró definir su identidad ni determinar su destino. «Esas palabras no me alcanzaron. Dios me fortaleció; creó en mí una coraza para que no penetraran», afirma. Fortalecida por Dios, ella cultivó su perseverancia, fe y dominio propio, algo poco común en ambientes marcados por la disfunción, la falta de dirección y la ausencia de apoyo firme.

Yocasty Valdez ofrece palabras de sabiduría y orientación a los jóvenes del Cuerpo Central de Boston.
(Foto/MelOPhoto, Mellissa Ostrow)
Con la ayuda del Señor, aprendió a controlar las emociones negativas, sin permitir que el coraje o la frustración tomaran el control de sus decisiones. Yocasty comprende que todo tiene su momento señalado y las mejores decisiones casi nunca se toman cuando las emociones nublan el entendimiento. Fue también ese dominio propio el que también le permitió resistir las voces negativas a su alrededor y no dejarse arrastrar por ellas. Dice que hubo un momento en su vida en que se sintió «triste», pero ahora reconoce que en realidad estaba atravesando una depresión. De nuevo, en lugar de rendirse ante la oscuridad, encontró refugio en la presencia de Dios dentro de su comunidad de fe: «En ese momento no me derrumbé, sino que me aferré a la iglesia», recuerda.
Las pruebas que enfrentó a lo largo de su vida también produjeron noches sin descanso y llenas de ansiedad, además de momentos en los que el futuro parecía lleno de interrogantes. Como madre soltera de dos niños, Yocasty cargó grandes responsabilidades desde muy joven y sobrellevó momentos de angustia. Entre ellos estuvo la enfermedad de uno de sus hijos, la cual la llevó a pasar largas horas en hospitales enfrentando sola el temor y la impotencia que toda madre siente al ver sufrir a un hijo. Fue precisamente en esos valles de dolor y soledad donde experimentó de una manera más profunda la fidelidad de Dios: «Dios me protegió, me fortaleció, me guio y me ayudó a entregarle a mis hijos lo mejor de mí. Él me ayudó a levantar a mis hijos», afirma con gratitud. Cada vez que las fuerzas se le agotaban y la ansiedad intentaba dominarla otra vez, Dios la renovaba y le concedía paz, lo que fortaleció su fe y le enseñó la dependencia en Él.
Así, cuando recibió la invitación para dirigirse a las damas de los Ministerios Femeninos durante el Congreso del General, ella oró y le pidió dirección al Señor una vez más, pues no sabía qué decir. En su mente, un testimonio era algo extraordinario, un milagro impactante, una sanidad completa o repentina, o una liberación dramática. Ella no alcanzaba a ver la magnitud de la obra que el Señor había realizado a través de los años en su vida. Fue en ese momento, relata ella, que el Espíritu Santo le habló a su corazón: «“¿Cómo que no tienes testimonio? ¿Acaso no te libré de la depresión, de caer en la prostitución?” Me explicó de todo lo que me había librado». El Señor también le reveló el propósito de su resguardo: «Te he librado de todo esto porque fuiste salva para servir», afirma, conmovida.

Yocasty Valdez dio su testimonio en la Concentración de Mujeres (Rally) durante el Congreso del General en Hershey, Pensilvania el 13 de junio de 2026.
(Foto/Jeff Bruce)
Fue así como Yocasty comprendió que Dios había guiado cada etapa de su vida. Lo que para ella era una vida común, para el Señor era una historia diseñada por Su intervención, misericordia y fidelidad constante. Su testimonio refleja una realidad que comparten muchos creyentes y que muchas veces pasa desapercibida. Acostumbramos a celebrar milagros visibles, pero olvidamos agradecer a Dios por las batallas que nunca tuvimos que pelear, los caminos llenos de obstáculos que nunca tuvimos que recorrer y todas las circunstancias destructivas de las que nos preservó. La fidelidad de Dios no siempre se manifiesta en acontecimientos extraordinarios; a menudo se muestra en Su presencia constante, Su protección que nos rodea, en la fortaleza que nos sostiene y en la dirección en la que nos guía. Este tipo de testimonio nos recuerda la gran bendición que es experimentar, días tras día, el cuidado y la fidelidad de un poderoso Dios que no nos abandona.
Al compartir su testimonio con la concentración de miles de damas en el Congreso del General, Yocasty transmitió su bendición a muchos oyentes. Su impacto también se extiende a su contribución en el servicio que realiza a diario con las jóvenes del Cuerpo de Boston Central. Allí es donde sus experiencias le han dado la sabiduría para orientar, fortalecer y ayudar a jóvenes que enfrentan desafíos similares a los que ella vivió. Las lecciones de su vida se convirtieron en frutos que trascienden su relato personal y se convierten en una herramienta de esperanza para muchos. Yocasty continúa cumpliendo el propósito para el cual Dios la preparó y sigue glorificándolo día a día mediante su servicio. Que la gloria sea para nuestro Dios bueno y fiel.

