Unión en la diversidad: aceptando nuestras diferencias por medio de Cristo

by Guest Contributor

(Foto/Austin Wideman)

Colaboradora invitada: Mayora Madelaine Dwier

La Mayora Madelaine Dwier, Comandante Divisional del Sur de Nueva Inglaterra, explora la tensión entre nuestra singularidad cultural y la declaración del apóstol Pablo en Colosenses de que no hay distinción entre judíos y no judíos, esclavos y libres, sino que Cristo lo es todo y está en todos nosotros.

Quisiera hablar de algo que considero es tan personal como universalmente desafiante: nuestra identidad. Muchas veces nos identificamos por nuestros rasgos culturales: de dónde somos, nuestro género, nuestra etnia. Estas cosas son importantes.

Cuando leemos Colosenses 3:11, el apóstol Pablo nos dice que en Cristo no hay judío ni no judío, ni esclavo ni libre. Soy una inmigrante, una mujer, una persona de color. Amo mi identidad. Mi acento habla de mi historia, y mi perspectiva está moldeada por mis orígenes.

Cristo no invalida nuestros rasgos sociales; los redime. Cuando estamos en Cristo, esos rasgos dejan de ser el criterio definitivo de quiénes somos. Cristo se convierte en el ancla de nuestra identidad.

Aceptar nuestras diferencias

Pablo les dice a los colosenses que las personas que ellos fueron en el pasado están ahora muertas en Cristo. Ha surgido un nuevo pueblo, y se está estableciendo el Reino de Cristo. Y en este nuevo Reino, dice, «ya no hay judío ni no judío, circunciso ni incircunciso, extranjero, inculto, esclavo o libre».

Estas distinciones culturales y étnicas que menciona Pablo tenían una fuerte connotación en la sociedad de los colosenses. Determinaban el valor de una persona y su posición social. Por eso, lo que Pablo les estaba diciendo era realmente impactante, ya que esa sociedad estaba construida en torno a estas categorías étnicas y sociales bien definidas.

Cuando Pablo dice: ya no hay nada de eso, el impacto es enorme. Está declarando que ninguno de estos rasgos le da superioridad o inferioridad a nadie, ni permiso para dominar o menospreciar a otro.

Distinciones personales

Mis rasgos definen quién soy. El marrón tropical es mi color. Latina. Para bien o para mal, ser dominicana forma parte de mi identidad.

Cada vez que hablo con mi acento, este cuenta una historia mucho más profunda y significativa que las propias palabras. Cada vez que expreso mi opinión, lo hago desde la perspectiva de mis orígenes.

La Mayora Madelaine Dwier está orgullosa de su acento y sus raíces dominicanas. Sin embargo, como cristiana, ella cree que somos todos uno en Cristo, independientemente de nuestra herencia cultural. (Foto/Austin Wideman)


Mi punto de vista es diferente del tuyo porque somos diferentes en función del lugar de donde venimos. Entonces, ¿cómo conciliamos estas cosas? Bueno, esta Escritura nos dice que cuando estamos en Cristo —sujetos por Él, renovados por Él— ninguna nacionalidad, etnia o identidad social es suficiente para definirnos plenamente. Estos rasgos son importantes, pero no son suficientes.

Los rasgos sociales no captan la esencia del ser humano, ni captan la esencia de la Imago Dei, la imagen de Dios. Es más, no captan la nueva naturaleza que hemos obtenido al estar en Cristo.

Cristo: en todos, por encima de todos

«Vamos a dedicar una semana a la concienciación social y cultural. Seamos respetuosos al respecto». Pablo no se está refiriendo a eso. Está anunciando una idea revolucionaria. Lo que dice es: Ahora que están en Cristo, estamos construyendo el Reino de Dios, y es diferente al reino de la tierra.

Los rasgos no importan tanto como el hecho de que Cristo está en todos. Eso es lo que importa.

Entonces, ¿qué hacemos con la diversidad cultural? ¿Qué lugar tiene en el Reino de Dios?

(Foto/K Soma/Unsplash)

Tres verdades sobre la diversidad

Hay tres cosas que debemos tener en cuenta sobre nuestra diversidad.

1. Dios creó la diversidad a propósito con el fin de darse a conocer ante nosotros.

Las Escrituras confirman la existencia de la diversidad desde el principio. La creación misma es diversa en forma, sonido, diseño y propósito. Las diferencias culturales no son un obstáculo para la unidad. Son expresiones de la imaginación de Dios. Cuando honramos el patrimonio cultural de alguien, no estamos siendo simplemente respetuosos. Estamos honrando al Dios que dio forma a esa cultura.

Nosotros también estamos honrando a Dios. Piénsalo de esta manera. ¿Hay alguien en tu vida cuyo origen haya influido en la forma en que ves a Dios? Probablemente sí. Quizás esa persona hablaba de Dios o pronunciaba Yavé de una manera diferente. Quizás te impactó la forma en que cantaba o se movía en la adoración.

¿Sabes por qué es eso? Porque Dios inventó la diversidad para que podamos ver facetas y aspectos de Él dentro de nuestra propia diversidad.

2. El pecado convierte la diversidad en división, y esto se manifiesta sutilmente de muchas formas.

Dios tuvo la intención de que hubiera riqueza, pero la humanidad suele optar por la rivalidad.

Cuando hablo de prejuicios, suposiciones, estereotipos y miedo a lo diferente, quizá estés pensando: «¡Ay! Ya va a sacar ese tema». No lo digo para juzgar, sino para crear un punto de partida honesto para todos nosotros, incluyéndome a mí misma. Sí. Yo también tengo mis propios prejuicios, opiniones y estereotipos.

Como parte de nuestro crecimiento cristiano, el apóstol Pablo nos anima a dejar que el Espíritu Santo nos revele las murallas entre nosotros, que ni siquiera sabíamos que habíamos construido con palabras, opiniones y estereotipos. Pablo además describe cómo debemos relacionarnos unos con otros cuando permitimos que Cristo sea el factor determinante en nuestras vidas.

Por lo tanto, ¿cómo podemos evitar que la diversidad genere división?

  • Practicando humildad («Mi cultura no es mejor que la tuya»).
  • Resistiendo la tendencia a ponerse a la defensiva («Esto no tiene que ver conmigo»).
  • Y estando dispuestos a aprender de las experiencias de los demás («Cuéntame más sobre eso»).

3. Cristo redime la diversidad para lograr unidad.

Cristo no borra la cultura. La eleva. En Cristo, la diversidad se convierte en una fuente de compañerismo y testimonio, no de tensión y división. La Iglesia primitiva era culturalmente mixta.

Era rica en cultura, y también era un caos. Eso lo sabemos. Sin embargo, esa mezcla demuestra el poder del Evangelio, que se escuchó en todo el mundo.

La unión es posible con Cristo porque Cristo mismo llena esos espacios que nos separan. No es el resultado de una semana de concienciación cultural. Es una postura que debemos adoptar de por vida, y Cristo ya nos ha provisto a cada uno con lo que necesitamos para vivir.

Que se haga Su Reino

Ahora bien, ¿qué hacemos de aquí en adelante? ¿Cómo hacemos para que la realidad de toda tribu, nación y lengua esté presente hoy en vez de reservada para un futuro lejano?

Debemos amar más allá de nuestras diferencias y ver primero a Cristo en cada persona. Optamos por la curiosidad en lugar de los prejuicios, y honramos la hermosa historia que hay detrás de cada persona.

Abogamos por aquellos cuyas voces son ignoradas, utilizando nuestra influencia para apoyarnos mutuamente y creando espacios donde puedan ser vistos y escuchados. Y, por último, debemos vivir hoy como ciudadanos del Reino. Pertenecemos a un Reino multicultural, y nuestras interacciones diarias deben reflejarlo. Nos esforzamos por entablar relaciones fuera de nuestra zona de confort.

Me encanta estar con mi gente dominicana. Comemos tostones, aguacates y arroz todos los días. Pero algunos amigos me invitan a su casa y me ofrecen unos postres deliciosos. Vemos las diferencias y lo pasamos bien. Busco deliberadamente a personas que sean diferentes a mí para poder ver a Cristo en ellas, al igual que ellas lo ven en mí.

Padre, reconocemos que somos más fuertes cuando nos mantenemos unidos, no porque seamos iguales, sino porque Cristo vive en todos nosotros. Te pido, Padre, que abras nuestros ojos para que podamos ver Tu belleza unos en otros. Que nuestra unión sea la luz que guíe a las personas directamente hacia Cristo. Que nuestra conciencia cultural siga creciendo. Que Tú desarrolles en nosotros un hambre, una sed y un profundo deseo de que Tu Reino venga a nosotros ahora.

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